Metro y Metrobús a tope pese a COVID-19

Se sientan juntos, una al lado de la otra, no se conocen pero compartirán el viaje.

Es la estación Insurgentes del Metrobús, horas después del fin de la Jornada Nacional de Sana Distancia -30 de mayo- y la mayor parte del país permanece en semáforo rojo de alerta sanitaria.

Pareciera que el COVID-19 no amenaza a la capital. Los viajeros no respetan una de las recomendaciones fundamentales para evitar su propagación: alejarse de las personas. Impera el desdén a distanciarse físicamente un metro y medio de la otra persona.

Para Martha Robledo, una recepcionista que viaja de la estación Júpiter -Línea 3- a Reforma -Línea 7-, el distanciamiento físico no se respeta ahora, pero tampoco antes.

“El gobierno ha dicho muchas cosas, que debemos de protegernos, pero mucha gente no lo hace, es por esto que se está alargando más y más y más. ¡Ve el transporte! Veníamos el viernes uno encima de otro. Eso no es nada sano. Yo ya soy una persona mayor y, obviamente, por necesidad tengo que salir a trabajar. La verdad me gustaría que pasara más transporte o no sé”, se queja.

Son las 8:30 horas del 1 de junio, el primer día laboral -tras la “sana distancia”- para los trabajadores de la construcción, la producción de cerveza y partes para automóviles, y el Metrobús -Línea 1- que va a La Joya, en el sur de la capital, está abarrotado en sus cuatro secciones, incluso en la zona reservada a las mujeres.

Los asientos van ocupados, una persona sentada junto a la otra. El resto de los usuarios viajan parados, uno al lado del otro, como fichas de dominó.

“Mucha gente no entiende. Deberíamos de verdad respetar lo que es la ‘sana distancia’ para que esto ya termine. Como dicen, vamos a vivir con este virus ya toda la vida, pero, por gente que no se protege y gente que duda, esto se está alargando más”, expone.

Este no es el único autobús atestado. Así luce el siguiente, el próximo, y el que le sigue; pareciera una vuelta a la normalidad capitalina; ni los conductores ni los policías hacen nada por despresurizar el transporte.

En sentido norte, camino a Indios Verdes, los vehículos van prácticamente vacíos. Lo mismo sucede con el Metrobús que corre sobre Paseo de la Reforma que va casi vacío, los pocos usuarios parecieran pequeños peces en una pecera de cristal.

En la estación Insurgentes del Sistema de Transporte Colectivo (STC) Metro hay una multitud esporádica que aparece y desaparece con cada parada de los trenes. Son aglomeraciones fugaces que rápidamente se dispersan.

Emilio Carpinteiro, de 65 años de edad, viaja a diario en Metro y dice que hoy la afluencia de personas se incrementó alrededor de 50 por ciento.

“Sí viene un poquito más de gente, pero se está guardando la distancia y todo mundo trae cubrebocas”, dice, mientras asegura que no teme a contagiarse de COVID-19.

Pero cada estación de Metro cuenta su propia historia. Los trenes que corren de Balderas a Pino Suárez van casi saturados: viajan 27 personas, una junta a la otra. Sólo una chica porta careta, el resto parece ignorar el enorme anuncio amarillo que alerta que es una zona de alto contagio del virus.

Aunque existe la instrucción de no tocarse la cara, más adelante una viajera ignora la indicación y pasa su dedo por las pestañas para retocarse el maquillaje. En el Metrobús y Metro viaja el desdén a la “sana distancia”.

JHR/NTMX

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